

Hay películas románticas que terminan con boda. Otras con ruptura. Y otras como Eternidad que empieza donde todas terminan: después de la muerte.
La premisa es deliciosa y cruel al mismo tiempo. Joan (Elizabeth Olsen) llega al más allá y descubre que tiene una semana para decidir con quién pasará la eternidad. No es metáfora. No es recuerdo. Es una decisión literal.

¿El dilema? Elegir entre el esposo con quien compartió toda una vida —Larry (Miles Teller)— o el primer amor que perdió demasiado pronto —Luke (Callum Turner).
Y aquí es donde la película se pone interesante porque Eternity no es un drama solemne sobre la muerte. Es una comedia romántica con crisis existencial incluida. El más allá no se siente oscuro ni terrorífico; se siente incómodamente burocrático, casi como una sala de espera donde el único trámite pendiente es tu corazón.

Lo que funciona es cómo la película desmonta la fantasía del “amor perfecto”. El primer amor luce ideal porque nunca enfrentó las rutinas, las discusiones por tonterías o el desgaste de los años. El matrimonio, en cambio, viene lleno de historia compartida: momentos hermosos, pero también errores acumulados. La pregunta no es cuál fue más intenso sino cuál fue más real.
Elizabeth Olsen sostiene el conflicto con una mezcla encantadora de ironía y vulnerabilidad. Su Joan no es una mujer confundida por romanticismo, sino alguien enfrentando el peso de sus propias decisiones. Miles Teller aporta humanidad y torpeza entrañable; Callum Turner representa esa versión brillante del pasado que nunca tuvo oportunidad de desgastarse.
Visualmente, la película opta por un tono luminoso y ligero, evitando el dramatismo excesivo. No quiere hacerte llorar por obligación. Quiere que sonrías mientras piensas.

Y sí, hay momentos divertidos. Hay diálogos con chispa. Hay situaciones que juegan con la incomodidad de reencontrarte con alguien que idealizaste durante décadas. Pero debajo del encanto hay una reflexión clara: el amor no es eterno porque sea perfecto, sino porque alguien decidió quedarse cuando ya no era fácil.
¿Es revolucionaria? No. ¿Es honesta? Bastante. ¿Te deja pensando en tus propias decisiones sentimentales? Más de lo que esperas.

Eternidad no trata de la muerte, trata de algo mucho más complejo: elegir, incluso cuando el tiempo ya se terminó.
Y en esa elección, curiosamente, está todo.
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