

Hay hoteles en los que las almohadas son incomodas, el desayuno termina demasiado temprano y el agua caliente tarda una eternidad en aparecer. Luego está el hotel de Mr. K, donde el verdadero problema es ligeramente más grave: una vez que entras, quizá ya no puedas salir.
Estrenada en festivales durante 2024, Mr. K es una comedia negra surrealista escrita y dirigida por Tallulah H. Schwab. La película sigue a un mago ambulante interpretado por Crispin Glover, quien llega a un viejo hotel con la intención de pasar solamente una noche. Naturalmente, ése es su primer error.
La mañana siguiente, cuando intenta marcharse, los pasillos ya no parecen conducir al mismo sitio, las puertas esconden espacios imposibles y la recepción se ha convertido en un recuerdo borroso. Buscar la salida solamente consigue llevarlo más profundamente hacia las entrañas del edificio.
Algo así como hospedarse en un sueño de Kafka administrado por gente que claramente perdió el libro de reservaciones.

Desde su primera noche queda claro que el servicio al cliente tiene ciertas áreas de oportunidad. Hay un hombre escondido debajo de la cama, una empleada dentro del armario y niños que aparecen para llevarse lo que no les pertenece. Nadie parece particularmente sorprendido por esto. Mucho menos preocupado.
Cuando K descubre que no encuentra la salida, comienza a recorrer y registrar los pasillos como si pudiera imponerle lógica al lugar. Pero el hotel cambia, se retuerce y contradice sus propios espacios. Mientras más intenta comprenderlo, menos sentido tiene.
La situación funciona porque Crispin Glover no interpreta al protagonista como un héroe convencional. Su K es nervioso, orgulloso, frágil y ligeramente antipático. Parece un hombre que pasó toda su vida intentando demostrar que controla el truco, solamente para terminar atrapado dentro de uno.
Lo mejor de Mr. K es, sin duda, el hotel.
Los pasillos estrechos, los papeles tapiz desgastados, las habitaciones atiborradas de objetos y las paredes manchadas construyen un lugar que parece haber acumulado varias vidas. No es únicamente un escenario: es una criatura enorme que respira, se alimenta de sus huéspedes y reorganiza sus órganos cuando nadie está mirando.
El diseño de producción de Maarten Piersma y Manolito Glas consigue que cada espacio resulte fascinante y repulsivo al mismo tiempo. Hay algo de El resplandor, de las pesadillas burocráticas de Kafka y de esos mundos de Terry Gilliam donde las tuberías, los escritorios y las reglas terminan aplastando a las personas.

Sin embargo, la directora no se limita a copiar estas referencias. Su hotel posee una identidad propia: decadente, húmeda y llena de una energía caótica. En sus habitaciones conviven ancianas elegantes, cocineros temperamentales, músicos, trabajadores, niños ladrones y pequeños grupos que parecen organizar alguna clase de resistencia.
Todos han aprendido a vivir dentro de lo absurdo. El único que insiste en hacer preguntas es el recién llegado.
Y ya sabemos que en ciertos lugares preguntar demasiado nunca termina bien.
Elegir a Crispin Glover como protagonista fue prácticamente colocar un letrero luminoso sobre la película que dice: “Aquí las cosas se van a poner raras”.
El actor tiene la presencia perfecta para este universo. Su rostro puede expresar desconcierto, sospecha, arrogancia y tristeza sin necesidad de explicar demasiado. Glover convierte a K en una figura casi salida del cine mudo: camina, tropieza, observa y reacciona ante el hotel como si el mundo hubiera cambiado sus reglas cinco minutos antes de que él entrara.

La directora ha explicado que buscaba precisamente esa cualidad difícil de descifrar del actor: nunca estamos completamente seguros de si debemos confiar en K, sentir lástima por él o sospechar que su presencia está provocando parte del desastre. El reparto se completa con Sunnyi Melles, Fionnula Flanagan, Dearbhla Molloy, Bjørn Sundquist, Barbara Sarafian y Sam Louwyck, todos convertidos en habitantes de esta pequeña sociedad encerrada.
El resultado es una colección de personajes extravagantes que aparecen y desaparecen como figuras de un sueño. Algunos son divertidos, otros inquietantes y varios existen justo en ese punto incómodo en el que uno no sabe si reír o comenzar a buscar una salida de emergencia.
Aquí también aparece el principal problema de la película.
Mr. K plantea numerosas ideas sobre la identidad, la necesidad de pertenecer, el miedo al cambio y nuestra obsesión por controlar una realidad que evidentemente no solicitó nuestra opinión. El hotel puede interpretarse como una sociedad cerrada, una burocracia, un cuerpo, una mente, el purgatorio o ese trabajo del que llevas diciendo que vas a renunciar desde hace cuatro años.
El inconveniente es que la película abre tantas puertas simbólicas que no siempre sabe qué hacer con lo que encuentra detrás.

Durante su primera mitad, el misterio avanza con enorme fuerza. Cada habitación revela algo nuevo y la desesperación de K resulta contagiosa. Posteriormente, la historia acumula personajes, rebeliones, ceremonias y fenómenos extraños que amplían el espectáculo, pero no necesariamente profundizan sus ideas… Aunque pareciera que es intencional dejarnos con las ansias en la boca.
Quien espere una explicación ordenada probablemente saldrá tan desorientado como el protagonista. Ésta no es una película interesada en entregar respuestas, sino en provocar la sensación de haber despertado en un sitio conocido donde alguien movió todas las puertas durante la noche.
Eso puede resultar fascinante o desesperante. Posiblemente ambas cosas.
Si disfrutas del cine surrealista, las historias kafkianas y las películas en las que la atmósfera importa más que resolver el misterio con una bonita explicación final, esto es para ti.
Mr. K no funciona como un acertijo que deba solucionarse, sino como una pesadilla que hay que atravesar. Su extraordinario diseño de producción, la fotografía de Frank Griebe y la interpretación de Crispin Glover sostienen la experiencia incluso cuando el guion comienza a extraviarse en sus propios corredores.

No es una película para todos. Puede parecer pretenciosa, repetitiva y demasiado enamorada de sus símbolos. Pero también posee imágenes difíciles de olvidar y una personalidad que numerosas producciones más costosas quisieran encontrar.
Tallulah H. Schwab construye una fábula sobre un hombre que intenta desesperadamente encontrar su lugar en un mundo absurdo. El detalle es que, cuando finalmente empieza a ser importante para los demás, descubre que quizá ser indispensable tampoco es una gran noticia.
En resumen: Mr. K es extraña, visualmente deslumbrante y deliberadamente desconcertante. Una película que te invita a entrar, cerrar la puerta detrás de ti y después asegurar que ahí nunca hubo una puerta… Sobre todo cuando el cierre del filme es tan desconcertante, como absurdo, como inquietante.
Porque si el hotel incluye desayuno, criaturas inexplicables y una crisis existencial, al menos que alguien deje propina.
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