

Jane Schoenbrun regresa con una provocadora mezcla de terror, comedia, deseo queer y nostalgia cinematográfica. Una película que destripa al slasher para preguntarse por qué seguimos encontrando placer en aquello que nos aterroriza.
Hay películas que homenajean al cine de terror reproduciendo sus códigos con devoción casi religiosa. Otras prefieren burlarse de ellos. Adolescencia, sexo y muerte en Camp Miasma hace algo mucho más interesante: abre en canal al slasher, hurga entre sus vísceras y trata de descubrir por qué sus imágenes más violentas también pueden convertirse en fantasías, refugios y espacios de liberación.
Después de We’re All Going to the World’s Fair y I Saw the TV Glow, Jane Schoenbrun concluye su llamada “Trilogía de la pantalla” con su película más divertida, accesible y descaradamente sexual. Sin abandonar la sensibilidad extraña, melancólica y profundamente queer de sus trabajos anteriores, la cineasta se adentra ahora en el territorio de los campamentos malditos, las final girls, los asesinos enmascarados y las franquicias exprimidas hasta la última gota de sangre.

El resultado es una combinación de parodia, romance psicosexual y película de medianoche. Una obra que conoce perfectamente las reglas del slasher, pero que no está dispuesta a obedecerlas.
Kris Williams —interpretada por Hannah Einbinder— es una joven cineasta queer contratada para resucitar Camp Miasma, una legendaria franquicia de terror que alguna vez escandalizó al público y que, después de innumerables secuelas mediocres, apenas conserva una comunidad de seguidores obsesivos.
Para Kris, el proyecto no representa solamente una oportunidad profesional. Las películas de Camp Miasma forman parte de su educación sentimental y sexual. Creció mirando sus cuerpos semidesnudos, sus asesinatos coreografiados y la figura de Little Death, el extraño criminal que emergía de las aguas para castigar a los jóvenes del campamento.
Su intención es recuperar a Billy Presley, la actriz que interpretó a la superviviente del filme original. Billy —encarnada por Gillian Anderson— abandonó el cine hace décadas y vive aislada en las instalaciones donde se rodó aquella primera película. El lugar funciona simultáneamente como hogar, mausoleo y museo de una fama que nunca terminó de desaparecer.
Cuando Kris llega al campamento para convencerla de regresar, la admiración comienza a convertirse en deseo, la nostalgia en obsesión y el rodaje de una película en algo mucho más peligroso.
Schoenbrun no utiliza el terror como una simple colección de referencias. Aunque la película imita con enorme precisión la apariencia de los slashers de los años ochenta y noventa, su verdadero interés se encuentra en la relación emocional que establecemos con ellos.

Kris no solo disfruta Camp Miasma: ha construido parte de su identidad alrededor de la franquicia. Sus escenas de sexo, violencia y humillación despertaron algo en ella mucho antes de que pudiera comprenderlo. El cine le proporcionó imágenes para deseos que todavía no sabía nombrar, pero también dejó heridas, vergüenza y confusión.
La cinta se burla de los lugares comunes del género —la chica corriendo por el bosque en ropa interior, el anciano que advierte sobre una maldición, el asesino que siempre regresa—, pero nunca trata al slasher con desprecio. Schoenbrun entiende que detrás de sus excesos existe una extraña forma de intimidad. Para muchas personas queer, las criaturas consideradas monstruosas fueron durante años los únicos personajes que parecían tan desplazados como ellas.
Gillian Anderson ofrece una interpretación magnética. Su Billy Presley puede ser seductora, vulnerable, manipuladora, divertida y aterradora dentro de una misma escena. No aparece como una antigua estrella destruida por el paso del tiempo, sino como alguien que aprendió a sobrevivir convirtiéndose en la guardiana de su propio mito.
Frente a ella, Hannah Einbinder construye una protagonista nerviosa, intensa y aparentemente incapaz de controlar todo aquello que siente. Kris intenta comportarse como una directora segura de sí misma, pero ante Billy vuelve a ser la adolescente que descubrió el deseo mirando una película prohibida.
La química entre ambas sostiene la historia. Su relación no responde cómodamente a las categorías de romance, mentoría o manipulación. Es todas esas cosas al mismo tiempo, contaminadas por una diferencia generacional y por la desigualdad existente entre una fan y la mujer sobre la cual ha proyectado buena parte de sus fantasías.

El asesino de Camp Miasma no lleva una máscara convencional. Little Death utiliza un inquietante casco cuadrado semejante a una rejilla de ventilación y un traje translúcido que vuelve su silueta difícil de clasificar. Su diseño evita copiar a Jason Voorhees, Michael Myers o Leatherface y consigue algo cada vez más complicado: crear un monstruo que parece provenir de una franquicia auténtica que nunca existió.
El nombre no es accidental. “La petite mort” es una expresión utilizada para describir el orgasmo como una pequeña muerte: el instante en que la identidad, el control y la conciencia parecen desvanecerse. Schoenbrun convierte esa metáfora en un personaje que representa simultáneamente la liberación y el temor de abandonar el propio cuerpo.
Camp Miasma poseen la textura barata, voluptuosa y descaradamente artificial de un VHS encontrado en el último pasillo del videoclub.
Durante décadas, buena parte del cine de terror presentó la diferencia sexual o de género como una forma de monstruosidad. Los personajes queer fueron criminales, amenazas o víctimas condenadas a desaparecer antes de los créditos finales. Schoenbrun no ignora esa historia, pero tampoco propone expulsarla del género.
Su respuesta consiste en apropiarse de sus monstruos.
La libertad de Schoenbrun también ocasiona algunos tropiezos. Sus 112 minutos pueden sentirse excesivos, especialmente durante un tramo intermedio que prolonga los acercamientos y desencuentros entre Kris y Billy. Algunas ideas son explicadas después de haber quedado perfectamente expresadas mediante las imágenes, como si la película desconfiara momentáneamente de su propia capacidad de sugestión.

Quien espere una matanza constante quizá también salga desconcertado. Hay mutilaciones, desnudos y cantidades generosas de sangre, pero la historia principal funciona más como un estudio de personajes que como un slasher tradicional. Buena parte de los asesinatos aparece dentro de las películas ficticias y no en la realidad inmediata de las protagonistas.
Tampoco toda la comedia posee la misma precisión. Algunos personajes secundarios parecen existir únicamente para reforzar la parodia y desaparecen antes de adquirir verdadero peso. Sin embargo, incluso estas irregularidades resultan coherentes con una película fascinada por las secuelas imperfectas y los objetos de culto que aprendemos a querer no pese a sus defectos, sino también gracias a ellos.
Adolescencia, sexo y muerte en Camp Miasma es una película sangrienta, divertida, sensual y profundamente extraña. También es el trabajo más emocionalmente liberador de Jane Schoenbrun: una celebración de la posibilidad de regresar a las imágenes que nos lastimaron y utilizarlas para construir algo propio.
No estamos ante una reconstrucción nostálgica de Viernes 13, sino ante una película acerca de quienes encontraron en ese tipo de cine un lenguaje secreto. Schoenbrun comprende que las ficciones de nuestra adolescencia nunca desaparecen por completo: permanecen dormidas bajo el agua, esperando el momento adecuado para volver a la superficie.
En resumen esta cinta es para los seguidores de Jane Schoenbrun, el terror queer, el slasher autoconsciente y las películas que mezclan deseo, humor y violencia.
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