

Después de tantas películas, reinicios, experimentos y cadáveres desperdigados por Raccoon City, uno pensaría que Resident Evil ya había probado absolutamente todo.
Y probablemente así sea.
La saga pasó del terror a la acción, de la acción al espectáculo absurdo y del espectáculo absurdo a películas donde Umbrella parecía tener más instalaciones secretas que empleados. Por eso resulta curioso que Resident Evil: Noche Cero encuentre algo interesante haciendo exactamente lo contrario: reducir la escala y volver a preocuparse por una persona que simplemente intenta sobrevivir.
La película de Zach Cregger no pretende trasladar directamente uno de los videojuegos al cine. Su protagonista es Bryan, un mensajero médico interpretado por Austin Abrams, cuya aparentemente sencilla entrega en Raccoon City termina convirtiéndose —sorpresa para absolutamente nadie que conozca Raccoon City— en una noche bastante complicada.
Lo importante es que Bryan no es un héroe.

No entra disparando dos pistolas mientras explota un laboratorio detrás de él. No conoce los secretos de Umbrella. Tampoco parece especialmente preparado para enfrentarse a zombis, mutaciones o cualquiera de las cosas desagradables que comienzan a aparecer.
Y precisamente por eso funciona.
Noche Cero recupera una sensación que las películas de Resident Evil habían olvidado durante bastante tiempo: la vulnerabilidad.
Aquí vuelve a importar entrar lentamente en una habitación. Escuchar un ruido que viene de algún lugar que no alcanzamos a ver. Encontrar un pasillo demasiado oscuro. Descubrir una puerta cerrada y comenzar a sospechar que quizá lo mejor sea dejarla cerrada.
Cregger entiende bastante bien que el miedo no depende de colocar cincuenta zombis frente a la cámara.
Uno puede ser suficiente.
Especialmente cuando no sabemos dónde está.

La película aprovecha esa idea durante buena parte de su duración y construye varias secuencias donde el silencio, los espacios abandonados y la incertidumbre funcionan mucho mejor que cualquier explosión. También hay un regreso bastante agradecido al horror corporal. Los infectados no solamente quieren comerse a alguien: sus cuerpos se deforman, cambian y producen algunas imágenes considerablemente desagradables.
Como debe ser.
Porque detrás de todas las plantas medicinales, máquinas de escribir y policías con peinados imposibles, Resident Evil siempre tuvo algo bastante grotesco en su ADN.
Austin Abrams ayuda mucho a mantener esa sensación. Bryan parece un pobre desgraciado que tomó el camino equivocado en el peor momento posible y durante buena parte de la película tenemos la impresión de que está sobreviviendo más por desesperación que por habilidad.
Eso hace que cada encuentro tenga consecuencias.
No todo funciona igual de bien.

Cregger introduce algunos momentos de humor que rompen una tensión que quizá convenía mantener un poco más y, conforme se acerca el final, Noche Cero comienza inevitablemente a crecer. Aparecen más criaturas, más movimiento y algunas decisiones bastante cercanas al espectáculo convencional que esta misma película parecía querer evitar.
Por momentos uno puede sentir al viejo Resident Evil cinematográfico intentando salir nuevamente del laboratorio.
Afortunadamente nunca consigue apoderarse completamente de la película.
Y quizá ese sea el mayor triunfo de Resident Evil: Noche Cero.
No intenta convencernos de que esta vez veremos “la adaptación definitiva” de los videojuegos ni se dedica a lanzar referencias cada cinco minutos para comprobar cuánto sabemos de la franquicia. Toma sus elementos —Umbrella, Raccoon City, los infectados, las mutaciones y esa maravillosa sensación de que todo laboratorio necesita obligatoriamente un sótano horrible— y construye su propia historia.

Después de tantos años intentando hacer Resident Evil cada vez más grande, alguien finalmente recordó que también podía hacerlo pequeño, oscuro y desagradable.
Y funciona.
Porque Resident Evil nunca necesitó salvar al mundo.
A veces solamente necesitaba dejarnos frente a una puerta cerrada, escuchar algo moviéndose detrás y hacernos pensar:
quizá no necesito saber qué hay ahí dentro.
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