La Viuda De Clicquot: Champagne, Duelo Y Una Mujer Que Se Negó A Desaparecer


Existen filmes de época que parecen empeñadas en recordarnos cuánto costó el vestuario. La viuda de Clicquot (Widow Clicquot), dirigida por Thomas Napper, tiene otras preocupaciones. Sí, hay vestidos, mansiones, bodegas y viñedos fotografiados maravillosamente, pero detrás de todo ese refinamiento hay una historia bastante más interesante: la de una mujer que se quedó viuda en una época en la que perder al marido podía significar también perder cualquier posibilidad de decidir sobre su propia vida.

La protagonista es Barbe-Nicole Ponsardin Clicquot, interpretada por Haley Bennett, quien tras la muerte de su esposo François (Tom Sturridge) decide hacerse cargo del negocio familiar de champagne.

Y estamos a comienzos del siglo XIX.

Así que prácticamente nadie piensa que sea una buena idea.

Barbe-Nicole tiene apenas 27 años cuando queda viuda. Su suegro preferiría vender el negocio, las dificultades económicas se acumulan y Europa se encuentra sacudida por las guerras napoleónicas.

Ella decide continuar.

La verdadera Barbe-Nicole acabaría convirtiéndose en una figura fundamental en la historia del champagne, pero La viuda de Clicquot no quiere ser únicamente la típica película sobre una empresaria adelantada a su tiempo.

Gran parte de la historia está construida alrededor de sus recuerdos de François.

Al principio parecen recuerdos de un paraíso perdido: dos amantes caminando entre viñedos, experimentando con vinos y soñando con crear algo extraordinario.

Pero poco a poco esa imagen comienza a romperse.

François aparece como un hombre apasionado, excéntrico y cada vez más atormentado. De esta manera, los flashbacks dejan de ser simples recuerdos románticos y empiezan a mostrarnos algo más interesante: la manera en que Barbe reconstruye a su marido después de perderlo.

Porque el duelo tiene esa desagradable costumbre. Primero convierte a los muertos en santos y después, lentamente, nos devuelve sus defectos.

Buena parte de La viuda de Clicquot funciona gracias a Haley Bennett.

Su interpretación evita, por fortuna, convertir constantemente a Barbe en una heroína que pronuncia discursos sobre lo difícil que es ser mujer.

Bennett hace algo bastante mejor.

Observa, escucha y calcula.

Hay una determinación contenida en su interpretación que combina perfectamente con la fotografía de Caroline Champetier. Algunos primeros planos parecen auténticos retratos del siglo XIX.

Y luego están los viñedos.

La película consigue que la elaboración del champagne tenga algo casi sensual: la tierra húmeda, las uvas, las botellas almacenadas, las manos tocando las plantas y la luz atravesando las hojas.

Hay momentos en los que La viuda de Clicquot parece menos interesada en explicarnos cómo se fabrica champagne que en conseguir que imaginemos su sabor.

Y funciona.

También aparece Louis Bohne, interpretado por Sam Riley, cuya relación con Barbe funciona como contrapunto de François. François pertenece al recuerdo. Louis pertenece al presente. Y Barbe está atrapada entre ambos.

Por eso resulta interesante comprender que ella no intenta simplemente conservar el negocio de su marido. Poco a poco comienza a transformarlo en algo propio.

Ahí está realmente el corazón de la película.

No tanto en la historia de una mujer que continúa el legado de un hombre, sino en la de una mujer que descubre que para conservar algo también tiene que atreverse a cambiarlo.

La viuda de Clicquot nunca llega a convertirse en una gran película. Es demasiado breve para profundizar en la fascinante revolución empresarial que está contando y demasiado convencional para escapar completamente de las reglas del biopic histórico.

Pero tiene personalidad.

Tiene una hermosa fotografía, una estupenda ambientación, la música de Bryce Dessner y, sobre todo, una magnífica Haley Bennett.

Quizá su mayor defecto sea también el mejor cumplido que podemos hacerle: cuando termina, sospechamos que la verdadera historia de Barbe-Nicole Clicquot era todavía más fascinante que la película que acabamos de ver.

Thomas Napper entrega un drama elegante y melancólico sobre una mujer intentando mantener vivo el sueño de su marido hasta descubrir que, para conseguirlo, primero debe dejar de vivir dentro de él.

Y más de dos siglos después seguimos pronunciando su nombre cada vez que alguien descorcha una botella de Veuve Clicquot.

Nada mal para una mujer a la que tantos hombres le dijeron que aquel negocio no le pertenecía.


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