

Hay películas que te piden empatía. Hoppers hace algo más incómodo: te cambia de cuerpo. La nueva cinta de Pixar arranca con una premisa que suena a experimento de laboratorio con delirios de ciencia ficción: una joven —Mabel— logra transferir su conciencia a un castor robótico para infiltrarse en el mundo animal. Lo que sigue no es solo una aventura ecológica, sino una especie de choque cultural entre lo humano y lo salvaje.
Pero aquí está el truco: Hoppers no trata de salvar a los animales… trata de entenderlos sin humanizarlos del todo.

Pixar, que lleva años intentando reencontrarse, aquí se siente raro —y eso es bueno—. La película no busca un solo golpe emocional fácil, sino que va construyendo pequeños momentos: chistes incómodos, silencios raros, decisiones torpes. Como si no supiera exactamente hacia dónde va… pero justo ahí encuentra su personalidad.
Porque sí, hay humor. Bastante. Pero es un humor medio torcido, casi absurdo por momentos, que convive con algo más pesado: la idea de que los humanos no solo no entendemos la naturaleza… probablemente tampoco queremos hacerlo.

La relación entre Mabel y el mundo animal es donde la película respira mejor. No hay esa fantasía cómoda de “los animales son como nosotros”. Al contrario: hay reglas, jerarquías y comportamientos que no están diseñados para agradarnos. Y eso incomoda. Y funciona.
Visualmente, Pixar vuelve a jugar: no tanto con el hiperrealismo, sino con la perspectiva. Ver el mundo desde un castor —literal— no es solo un gimmick narrativo, es una excusa para cambiar cómo se siente el espacio, el peligro y hasta el tiempo.

Sin embargo algo que es el gran acierto es la forma tan pachoncita y esponjosa con la cual recrean a estos animales, simplemente es una ternura visual, que para muestra esta la lagartija que se roba todos los reflectores cuando hace su aparición.
Eso sí, Hoppers no es perfecta. A ratos parece querer ser demasiadas cosas: comedia, sátira ecológica, aventura política disfrazada. Y en ese caos, algunas ideas se quedan a medio camino. Pero curiosamente, ese desorden también le da vida.

Al final, lo que queda no es el mensaje ambiental (que sí, está ahí), sino algo más incómodo:
la sensación de que el problema nunca fue la naturaleza… fuimos nosotros mirándola desde fuera.
Hoppers no te dice que cuides el planeta. Te sugiere algo más raro: que tal vez nunca has entendido realmente dónde estás parado.
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